martes, 19 de noviembre de 2019



EL CEMENTERIO VIEJO DE OLAVARRÍA

Autor: Cr. Adolfo Hipólito Santa María




    Antiguamente, al lugar donde se enterraban los muertos se le daba el nombre de necrópolis, cuyo significado es ciudad de los muertos. Con la llegada del cristianismo y la creencia de que el Cielo es el destino de los justos, las personas al fallecer son llevadas a ese lugar para "dormir" y posteriormente resucitar, motivo por el cual se le denomina cementerio, palabra que proviene del griego koimeterion y que significa dormitorio, cuyo sentido sería "dormitorio de los muertos". Este cambio en el lenguaje se da también con los muertos cristianos, se les llama difuntos, que procede del latín defungi y que significa "pagar una deuda". También fallecer procede de otro término latino, fallere, que se utilizaba en el sentido de engañar, pasar inadvertido o faltar. Pero “quizá, la concepción más reiterada fue que la muerte tenía un sentido de separación del alma, heredera de la vieja concepción socrática de que el alma y el cuerpo se encuentran unidos por un “hilo de plata” que se rompía en el momento de morir. Todavía San Agustín, a fines del siglo IV, en lugar de decir murió utilizaba la metáfora “desatar el alma de los lazos de la carne”.(1)
   Los cementerios dejaron de estar afuera de la ciudades y la Iglesia promovió la construcción de sepulcros en los alrededores de las parroquias o en terrenos adyacentes a los monasterios, en tierras que previamente eran bendecidas para recibir a los cadáveres de los fieles, y por ello se le llamó camposanto. Y lo más relevante en las tumbas paso a ser la cruz, como un modo de reafirmar su fe en Dios. 


  En los primeros años, el cementerio de Olavarría estaba sobre la margen izquierda del arroyo Tapalqué, cercano a la calle Coronel Suárez, enfrentado al antiguo Molino La Clara.
  En julio de 1879, a poco más de un año de crearse la Corporación Municipal, los municipales acordaron la necesidad de crear un nuevo cementerio.
   Puesto en discusión este punto, y después de un cambio de ideas sobre el lugar indicado para su ubicación, se acordó que el médico de policía acompañado del medidor público procediera a inspeccionar e indicar el lugar oportuno para la formación de un cementerio. En el acta de la Corporación se transcribe la nota presentada por los comisionados que dice lo siguiente:

“Olavarría, Julio 14/ 1879. Al señor presidente de la H.C. Municipal, ciudadano Don Eulalio Aguilar. 
   Los que suscriben, comisionados por la H. C. Municipal que Vd. preside para inspeccionar entre las quintas baldías del ejido la más adecuada para establecer el cementerio. En cumplimiento de su comisión, con el debido respeto exponen: que después de un prolijo estudio de las condiciones de los terrenos de las quintas, creen que sobre la margen izquierda del arroyo Tapalqué al oeste del Pueblo, y a 1500 metros de la plaza del mismo, la quinta número cuarenta y uno reúne no sólo las condiciones higiénicas requeridas para el objeto que se destina, sino por el terreno mismo; dicha quinta se halla fuera de los vientos N y NE-S y SE con respecto al Pueblo y que reinan en la estación de verano; además el terreno es alto, con una capa de tierra de labor de un metro a un metro cincuenta de profundidad, la que asienta sobre sílice o arena, con la convicción de que dicho terreno se halla fuera de peligro de ser inundado por las aguas en tiempo de invierno. Creemos con esto dar por terminada la comisión con que se sirvió honrarnos esa H.C. -Dios guíe a Vd. Muy atte. Luis J. Gorbea, Agapito Guisasola”.
    Sin discusión fue aceptada por unanimidad la quinta indicada, acordándose al mismo tiempo que solo se cercaría lo que comprende al solar, por lo cual, se ordenó que se llame a licitación la construcción de doscientas varas de pared, de dos y media varas de alto, dos de luz y media de cimiento, y que las propuestas se presentaran en pliego cerrado en la sesión del 27 del corriente, debiendo especificarse el tiempo en que se daría por terminada la obra, la clase de material que se emplearía y las condiciones de pago.




   En la sesión del 27 de julio, después de practicado un examen sobre las propuestas para el cerco de ladrillos en el cementerio, se acordó que los oponentes Carrere, Estanga y Marconsini, modifiquen sus propuestas.

   En la sesión del 30 de julio, se procedió a dar lectura a las propuestas que se habían presentado modificadas y examinadas junto con los planos, después de un prolijo y concienzudo examen, los municipales resolvieron por unanimidad de votos aceptar como más ventajosa la propuesta de Luis Carrere, que ascendía a la suma de treinta y nueve mil pesos de la moneda corriente.

   El 31 de julio, leído el contrato celebrado con Luis Carrere para la construcción del cerco de ladrillos del cementerio, se aprobó por unanimidad.

   En la sesión del 10 de febrero de 1880 se leyó una nota presentada por Luis Carrere dando cuenta de haber terminado la obra en el cementerio y se acordó que, en lugar de solicitar un préstamo al Banco de Azul para el pago de la obra realizada, la misma sea abonada por todos los señores municipales en partes iguales; esta moción después de una breve discusión en la que intercambiaron algunas ideas fue aprobada por la mayoría. 

   En la sesión de 29 de septiembre de 1881 se acordó encomendar a los señores municipales Dr. Cross y Pedro Arrieta, confeccionar un proyecto de reglamentación para el cementerio. Además, a moción del presidente, se acordó nombrar a una persona para encargado del cementerio, asignándole el sueldo que se estime conveniente.

  En la sesión del 6 de marzo de 1885 se leyó la propuesta de Domingo Donadio, proponiendo a la Corporación, el servicio de un carro fúnebre para conducir al cementerio a los pobres que se remitan por cuenta de la Corporación. Sobre esta cuestión, se acordó pasar a estudio para poder dictaminar sobre lo solicitado. 

   En la sesión de 22 de abril de 1887, se procedió a pasar nota a los colonos rusos- alemanes, prohibiéndoles las inhumaciones en otro Cementerio que no sea el de este Pueblo. 

    En la sesión de 20 de mayo de 1887 se sancionó una ordenanza prohibiendo el traslado de cadáveres en todo otro vehículo que no sea el carro fúnebre, con la sola excepción de aquellos cadáveres que provengan de la campaña; bajo pena de veinte pesos de multa por la primera infracción y duplicándola en caso de reincidencia. 

    El 22 de febrero de 1888 se aprobó el plano para el cementerio y se autorizó al presidente mandar a hacer las tablillas para señalar las secciones y sepulturas y modificar el reglamento con arreglo al plano, estableciendo los siguientes precios por cada sepultura: en las sesiones de bóvedas y monumentos a perpetuidad, veinticinco pesos; por cada una de la sección 1º de nichos a perpetuidad, veinte pesos, en la segunda sección, diez pesos; las de enterratorio general de adultos a perpetuidad, veinte pesos; en arrendamiento por cada cinco años, cuatro pesos; las sepulturas en la sección para niños a perpetuidad, quince pesos.

  El 6 de abril de 1893, se sancionó una nueva ordenanza reglamentando el funcionamiento del cementerio y estableciendo que:
Art.1. El Cementerio será común, sin más distinción que los sitios de las sepulturas, nichos, panteones y enterratorios.
Art. 2. El Cementerio se dividirá en secciones.
Art. 3. Reservase una parte del enterratorio para dar sepulturas a los protestantes.
Art. 4. Los terrenos destinados a bóvedas, panteones, nichos, etc. se cobrarán: a perpetuidad, por metro cuadrado, $ 15 m/n. Los destinados a enterratorio general, por cinco años, $ 8 m/n.Art.5. Los pobres de solemnidad tendrán sepultura gratis en el enterratorio general, sirviendo este además para los casos de epidemia.
   Reglamentaba también las inhumaciones, y algunas de las normas eran:

Art. 7. Ningún cadáver podrá ser enterrado sin que preceda el permiso de la autoridad correspondiente.
Art. 8: Tampoco podrá ser enterrado ningún cadáver sin que hayan transcurrido veinticuatro horas en los casos ordinarios y 30 en los de muerte repentina. 

Art. 10. Los cadáveres deberán ser conducidos al cementerio en ataúd o caja bien cerrada; y los que no sean inhumados en panteones o terrenos especiales lo serán en zanjas o sepulturas abiertas en el suelo del Cementerio. Estas sepulturas deberán tener por lo menos una profundidad de 1.30 metros por 1 de ancho y 2 de largo, siendo incumbencia del sepulturero abrir las sepulturas cobrando en retribución de su trabajo de $ 2 m/n. para adultos y $ 1 m/n para niños. 

    El 25 de enero de 1906 se crea el enterratorio común por una ordenanza que establecía lo siguiente: 

Art.1. Autorizase al D. E. para construir en el cementerio de la localidad un enterratorio común destinado a los pobres de solemnidad, cuyo estado de tales se justifique debidamente.
Art. 2. En este enterratorio se colocarán también restos de los pobres de solemnidad que actualmente ocupan las sepulturas comunes, a medida que terminen los plazos para que fueran expedidos.
Art. 3. Anexo a este enterratorio se construirá otro destinado a niños que se encuentren en las mismas condiciones.

   Los primeros nichos fueron construidos por empresas particulares, y por ordenanza del 25 de marzo de 1909, la municipalidad autorizó la construcción de nichos para ser vendidos por la propia municipalidad una vez agotados los nichos que tenían las empresas particulares. 






Vista del Pórtico 



   La entrada principal del cementerio es por un pórtico compuesto de cuatro grandes pilastras y tres arcadas que contienen las puertas de entrada. En la parte media de la fachada, seis pequeñas columnas dóricas sin base, y en la parte superior, en cada extremo, una lámpara encendida, símbolos de vida eterna; y dos ornamentos de hojas de palma, éstas símbolo de martirio, de triunfo sobre la muerte y también de la entrada de Cristo en Jerusalén. Dentro del recinto del pórtico, a la derecha, una pequeña capilla; y a la izquierda, los baños y oficinas de la administración.
   Es obra del constructor Rafael Montesi.


Vista del Pórtico desde el interior 

   En el cementerio hay una gran diversidad de sepulturas, testimonios visibles de las diferentes formas de sentir y representar la muerte que tiene la sociedad a través de su historia. Así como las diferencias sociales se ven reflejadas en todos los ámbitos de la vida, en el cementerio también se ve en la muerte. Por las calles del cementerio conviven varios estilos arquitectónicos y también una mezcla de ellos. En las tumbas, bóvedas y panteones del cementerio se observa una variada iconografía funeraria, cuyas figuras, símbolos y escenas representadas, además de su carácter ornamental, expresan el pensamiento de la muerte de las personas, y su contenido alegórico no siempre es comprendido por el visitante. 
   La calle principal del cementerio es arbolada y en un principio, como en la mayoría de los cementerios, había solo una calle que la cruzaba formando una cruz. A poco de andar por el pasillo central nos encontramos, en el centro de la calle, con la imagen de Cristo Yacente; donación de la señora Flavia Moen de Ferreccio, esposa del intendente José Manuel Ferreccio. Es una obra proyectada por el escultor Leopoldo Boccazzi, y fue inaugurada el 2 de noviembre de 1934. 


Cristo Yacente 

   El monumento nos muestra la figura de Cristo Yacente y a María, de pie, recostada a una gran cruz que tiene en la parte superior el Manto Sagrado y una pequeña cartela con la leyenda I.N.R.I., que se refiere a la expresión latina: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, cuya traducción es: "Jesús de Nazaret. Rey de los judíos" y su origen se encuentra en el Evangelio de Juan (19:19-20): “Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: 'Jesús el Nazareno, el rey de los judíos'”. (2) 





   En la base del monumento la inscripción: Consumatium Est., cuya lectura en castellano sería: ¡Todo se ha cumplido!, y que según el Evangelio de Juan, 19:30, fueron las últimas palabras de Jesús en la cruz.





   En la administración del cementerio se lleva un registro con el nombre de los fallecidos, la fecha y la ubicación donde fueron sepultados. En un registro de 1888 vemos que no todos los muertos pudieron ser registrados con su nombre, en la fila 5 del registro leemos: francés muerto en la máquina, y en la fila 10 un muerto de Bolivia. 

  
  La sepultura más antigua del cementerio guardaba los restos de la señora Olegaria Techera de Silva, fallecida el 1 de enero de 1880. 



Tumba de Daniel Francis

   Otra tumba muy antigua que todavía se conserva, es la de Daniel Francis, cuyo epitafio está escrito en la lápida en el idioma inglés, y cuya traducción es:

CONSAGRADO A LA MEMORIA DE DANIEL FRANCISSegundo hijo del difunto EDMUND MACKINLAYNació el 10 de septiembre de 1856 en Liverpool.Falleció el 20 de mayo de 1882 en la Estancia Remington.
   "Según los dichos de un peón de la estancia de apellido Basualdo, ese establecimiento quedaba en el partido de General Lamadrid, quien manifestó que el señor Mackinlay desempeñaba la tarea de mayordomo de la estancia, siendo un hombre bueno y apreciado por el personal y los vecinos de la zona gracias a su carácter llano y afable.   Este señor hacía continuos viajes a Azul y a otros establecimientos que administraba en Rauch, pasando siempre por Olavarría. En uno de esos viajes siéntase repentinamente mal y falleció, siendo transportado entonces en un carro a Olavarría, donde fue velado y sepultado luego, en la quinta que ocupa el cementerio, que por aquel entonces estaba destinado a ese objeto.   Según parece dicho señor tenía alguna relación con la familia de apellido Krabbe, posiblemente de parentesco, y ellos fueron los que enviaron la lápida." (3)

Registro de 1888.

   "En 1888, ingresan al cementerio los cuerpos de Rufina Padín y María Petrona Rodriguez, y casi dos meses después se descubre que fueron asesinadas en la noche del 5 de abril de ese año, por el cura de la parroquia San José, Pedro Castro Rodríguez, esposo de Rufina y padre de la niña María Petrona, crimen que conmocionó a todo el pueblo de Olavarría" (4)

   En la hoja Nº 12 del registro consta, que en el tablón 1º de la sección 2, sepultura Nº 13, fueron enterradas Rufina Padín y María Petrona Rodríguez. El nombre de Rufina Padín fue registrado con tinta, y el de Petrona Rodríguez fue agregado después con lápiz. Si bien en el lugar indicado no hay referencias, presumimos, por no haber sido reutilizado el espacio, que los cuerpos de las victimas deberían estar todavía allí sepultados. 




Rufina Padín y María Petrona Rodríguez


Espacio donde estarían sepultadas Rufina y María Petrona


Bóveda de Augusto Striebeck y familia.

    La primera de las bóvedas que se encuentran a la derecha de las puertas de acceso al recinto del cementerio, es la de Augusto Striebeck y familia. Tiene en cada extremo una columna adosada de orden dórico, y en el frente, en el interior de un semicírculo y en relieve, un reloj de arena (Fig. 2), símbolo del paso del tiempo, de la fugacidad de la vida y de lo inexorable de la muerte; rodeado por una corona de rosas, símbolo de amor verdadero y de amor eterno. A sus flancos, hojas de laurel y de palma.




                  Fig. 2                                                          Fig. 3



  En cada lado de la bóveda, en el interior de un semicírculo cóncavo, una urna cubierta por un velo (Fig. 3). El círculo, y también la esfera, simbolizan el mundo celestial.



Panteón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos

   La Sociedad Española de Socorros Mutuos se fundó el 6 de diciembre de 1885. 
  El panteón de la Sociedad Española, el primero construido en el cementerio por las colectividades de Olavarría en un terreno que le fuera donado por la municipalidad de Olavarría en 1901, fue inaugurado en 1916; y es una obra realizada por el constructor Vicente Montesi. 
   De estructura cuadrangular, tiene en cada extremo una columna jónica y un frontón que se repite en cada lado del edificio con las mismas figuras y símbolos. 


                Figura 4                                                   Figura 5

   En el centro del tímpano (triángulo), el escudo de España sobre manto real, franqueado por una guirnalda de laurel y ornamentos de hojas (Fig. 4). En el vértice superior del frontón, una cruz trebolada con el Manto Sagrado, que tiene en el centro la cabeza de Jesús (Fig. 5). El trébol de tres hojas, en las puntas de la cruz, simboliza para los cristianos la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo). En la parte superior del edificio, en cada esquina, un ángel con traje talar que tiene uno de sus brazos extendidos, señalando con su mano izquierda el cielo eterno para las almas de los elegidos (Fig. 6). La palabra ángel proviene del griego angelos, que significa mensajero. Los ángeles, además de mensajeros alados, son intermediarios entre el cielo y la tierra, y también espíritus guardianes. Los ángeles están presentes en diferentes culturas y religiones. Hay ángeles en la religión musulmana, judía y cristiana. 


Fig. 6                                     Fig. 7

   En el cementerio, a los Espíritus Guardianes se los representa mirando hacia abajo o bien hacia el frente, en señal de vigilar y ayudar a quienes deben proteger. En todo el perímetro de la parte superior de la construcción, pequeñas figuras de animales fabulosos custodian el recinto de espíritus malignos (Fig. 7). 


Panteón de la Sociedad Italiana

   La Sociedad Italiana de Socorros Mutuos Menotti Garibaldi se fundó el 12 de agosto de 1883. En 1890 se produjo una escisión en el seno de la sociedad y una parte de sus asociados formaron, el 1 de junio de ese año, una nueva entidad mutualista con la denominación de Francesco Crispi, en homenaje al político italiano presidente del Consejo de Ministros de Italia.
   Años después, el 17 de abril de 1918, en una recordada asamblea, se decidió la unificación de ambas sociedades, adoptando el nombre de Sociedad Italiana de Socorros Mutuos Menotti Garibaldi - Francesco Crespi. 
   El panteón de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos fue inaugurado el 5 de julio de 1931, y se ingresa por una escalera de mármol protegida por una cubierta de forma triangular, que sostienen dos columnas dóricas.


Fig. 8

   En el interior del tímpano (triángulo), la figura del escudo real de Italia (Fig. 8), sobre ornamentos de hojas de acanto, símbolo de inmortalidad.


Fig. 9

   Sobre el dintel de la puerta de entrada, las letras Q.E.P.D (que en paz descanse), y más arriba, en el interior de un semicírculo, una escena de Jesús Yacente (Fig. 9).


  
                    Fig. 10                                                               Fig. 11

   En el vértice superior del tímpano, la figura de un ángel con las alas extendidas (Fig. 10), que representa el ángel de la resurrección. Esta figura, obra del escultor Leopoldo Boccazzi, que está representado sosteniendo una trompeta, simboliza que tronará el día del Juicio Final para despertar a las almas.
   Detrás del frontón, a la altura de los vértices del triángulo, ornamentos compuestos por tres elementos, que tienen: en la parte superior la figura de un crismón, monograma abreviado con las letras X (Chi) y P (Rho) entrelazadas, las dos primeras letras en griego de la palabra Christos; seguido por la cruz que se forma en la parte central del escudo italiano; y en la parte inferior, sujeta por una argolla, una corona de laurel, símbolo de recuerdo eterno y de victoria sobre la muerte. (Fig. 11)
   La figura del crismón aparece a veces acompañado de otros elementos, como las letras α (alfa) y ω (omega), la primera y la última del alfabeto griego, que representan el principio y fin de todas las cosas, y las veremos a los costado del panteón.
   En la parte superior del edificio, en cada extremo, una lámpara encendida, simbolizando la vida eterna.


Fig.12


   A los costados del panteón, franqueadas por pilastras adosadas que simulan ventanas, una cruz, y arriba de la cornisa, en el interior de un arco elíptico, dos antorchas encendidas, cruzadas y hacia abajo, símbolos del fin de la vida. En la base, las letras alfa y omega. (Fig. 12)
  “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin”, repite Jesús estas palabras hacia el final de la visión apocalíptica. (Apocalipsis 22:13)(5)



Panteón de la Sociedad Argentina de Socorros Mutuos de Olavarría

   La Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos de Olavarría se fundó el 22 de septiembre de 1918, y en 1924 adopta el nombre de Sociedad Argentina de Socorros Mutuos de Olavarría.
   El panteón de la Sociedad Argentina fue inaugurado el 21 de abril de 1929, y es obra de la empresa Hortensio Améndola. Consta de planta baja y de una alta a la que se accede por escaleras de mármol, ubicadas a cada lado de una plataforma techada por una cubierta triangular, que sostienen dos columnas dóricas unidas por un balcón.


Fig. 13

   En el interior del frontón y en relieve (Fig.13), la siguiente representación: en el centro del Manto Sagrado que cuelga con sus extremos plegados, la cabeza de Jesús con corona de espinas, flanqueado a la izquierda por la parte superior de una lanza, y a la diestra por un clavo. El espacio del frontón se completa con flores de rosas y hojas de acanto, símbolos estas últimas de inmortalidad. Representando toda esta escena el padecimiento, la crucifixión y muerte de Jesús.
   Surmontado a la cabeza de Jesús, un pequeño triángulo equilátero, símbolo cristiano de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y en su interior, el ojo divino que todo lo ve, cuyo significado es la omnisciencia y omnipresencia de Dios. "He aquí el ojo de Dios sobre los que le temen. Sobre los que esperan de su misericordia" (Salmo 33.18). Estas imágenes y símbolos son similares a las que podemos ver en el frente de la iglesia San José, que fueron incorporadas con la reforma de la iglesia en 1935.


Fig. 14

   Sobre el friso de la puerta de entrada de la planta alta, en el interior de un semicírculo que tiene una cruz en la parte media superior, un cáliz con hostia radiante (Fig.14). El cáliz en la liturgia cristiana es la forma trascendente del vaso. La copa en que se bebió el vino en la última cena y se lo relaciona con el Santo Grial. El cáliz aparece también recogiendo la sangre que brotó de la herida del costado de Cristo durante la Crucifixión, por obra de José de Arimatea. Es un símbolo de la Eucaristía y de la Redención del hombre. El pan y el vino, la carne y la sangre de cristo, su humanidad y su divinidad. “Quien coma de mi carne y beba mi sangre habita en mí, y yo en él” (Juan 6:56). A la derecha del cáliz una vid, simbolizando las uvas y el vino, y a la izquierda, ramas de palma, símbolo de martirio y triunfo sobre la muerte.


Fig. 15                                                          Fig. 16

   En el vértice superior del frontón la figura del Sagrado Corazón de Jesús (Fig. 15), y en cada extremo una urna cubierta, simbolizando al cuerpo convertido en polvo y la eternidad; y el velo que las cubre es custodia de esos restos; el velo es también un símbolo de ocultación y revelación y “sólo a través de Cristo se descorrerá” (II Corintios 3:14). (Fig. 16)


Bóveda de la Familia Portarrieu

   Tiene a cada lado de la puerta de entrada un pedestal, con la figura de una lámpara encendida (símbolo de vida eterna), que custodian cuatro leones alados, que juntos con los grifos y otros animales fabulosos, vemos representados en algunas de las bóvedas.(Fig. 17). El león es también un símbolo cristiano de la resurrección.(6) 

  En lo alto, la figura de un ángel con las alas desplegadas en señal de elevar el alma al cielo; y detrás del ángel, coronando la bóveda, una cruz que tiene en el centro la cabeza de Jesús con corona de espinas. (Fig. 18)
   La bóveda fue construida por la firma Galbiati y Bonnel.

Fig.17                                              Fig.18



Bóveda de la familia Castaño-Pereira


   De singular belleza y simbolismo, presenta a la entrada de la bóveda dos columnas dóricas, bases de un frontón que tiene, en el vértice superior, la Reina del Cielo (7) sentada con los brazos abiertos, en señal de dar acogimiento a los difuntos; franqueada por dos grifos, animales fabulosos con cabeza de águila y cuerpo de león, en aptitud de impedir el ingreso de espíritus malignos (Fig. 19). En cada pilastra, tres antorchas encendidas, símbolos de vida eterna. Las antorchas apagadas y las que apuntan hacia abajo, generalmente estas últimas representadas cruzadas, simbolizan la muerte. (Fig. 20)


Fig. 19                                        Fig. 20

   La bóveda, con una base cuadrada, es un símbolo del mundo terrenal, del mundo creado. El cuadrado es la expresión geométrica de la cuaternidad, es decir, de la combinación y ordenación regular de cuatro elementos (8), entre los cuales podemos citar: las cuatro edades de la vida, las cuatro estaciones y los cuatro puntos cardinales que suministran orden y fijeza al mundo; le sigue en la construcción un octógono, que representa el mundo intermedio, la transición hacia la resurrección, símbolo también de la regeneración; “en el cristianismo, la forma octogonal era la de los antiguos baptisterios, y pese al olvido o la negligencia del simbolismo de la época del Renacimiento, se la encuentra generalmente aún hoy en el cuenco de las fuentes bautismales." (9).
   Muy antiguamente, el baptisterio estaba situado fuera de la iglesia, y solo aquellos que habían recibido el bautismo eran admitidos en el interior de él. El baptisterio es símbolo del renacimiento y el lugar por el que hay que pasar para ir de un mundo al otro, del mundo terrestre al celestial; y por último la cúpula, el mundo celestial, la eternidad. 

   Corona la cúpula una lámpara encendida, símbolo de vida eterna.
   La bóveda fue construida por la empresa de Rafael Montesi.

Mausoleo del Dr. Pablo Fassina 

   Al Cristo Yacente en la calle la principal del cementerio le sigue el mausoleo del Dr. Pablo Fassina, inaugurado el 26 de marzo de 1933. El 27 de noviembre de 2011, se colocó sobre un pedestal de mármol el busto que lo precede, que se encontraba en el hall del Banco de la Edificadora de Olavarría. 




Pablo Fassina
(Foto A.H.M.O.)



   Pablo Fassina había nacido en Italia, en el pueblo de Lomello, provincia de Pavia, casado con Mercedes Elichirigoyte, falleció en Olavarría el 31 de marzo de 1931.
   De activa participación en la sociedad de Olavarría, fue socio fundador y primer presidente del directorio de la Sociedad La Edificadora, institución que después se transformó en el Banco de la Edificadora de Olavarría; socio fundador de la Sociedad Rural de Olavarría y su presidente desde 1899 hasta 1931. Se desempeñó como concejal y presidente del Consejo Escolar. Fue también un entusiasta colaborador y directivo de varias instituciones de bien público de Olavarría. Una calle y una plaza de Olavarría llevan su nombre. 


Mausoleo de Arsenio Caviglia Sinclair

   A la izquierda, y a pocos metros del mausoleo de Pablo Fassina, nos encontramos con el mausoleo del poeta olavarriense Arsenio Caviglia Sinclair. Obra del escultor español José Herrero Sánchez, residente en Olavarría y autor también del Monumento a la Madre que se encuentra en la plaza Coronel Olavarría. Presenta tres cuerpos diferentes de piedra dolomita, donde el autor talló figuras representativas de poemas de Sinclair. En la primera de las piedras, de forma hexagonal, la figura de un recado criollo, representado por un cojinillo que tiene encima un rebenque y por debajo dos estribos que cuelgan con la fecha del nacimiento y muerte del poeta. En esta piedra se encontraba la urna con las cenizas del poeta que, lamentablemente, junto con la placa fueron sustraídas del cementerio. 


Soñando (Fig.21)

   La segunda de las piedras de forma rectangular, tiene de un lado la figura del muchacho protagonista de los versos que tituló el autor Soñando. (Fig.21)
   La poesía, escrita en lengua gauchesca y arbitraria ortografía, comienza cuando el abuelo le pregunta al muchacho que estaba haciendo al sereno, y éste le responde:
Taba mirando el sielo,
Salpicadito ’e estrellas
que parecen de plata
¡Pcha qué lindo, aguelo,
Tener un par d'espuelas
Con dos rodajas mácuas
Hechas con plata d’ ellas!

Lo haría escarsiar arriba
al petiso rosiyo,
y ansina los paisanos
me mirarían los pieses
cuando voy los domingos
a vender pasteles. 

Caballito Pampa (Fig. 22)

   Y del otro lado, la figura de un caballo, haciendo alusión a la poesía Caballito Pampa (Fig. 22), que dice en uno de sus versos:
Guanaco en las cumbres,
culebra en el monte,
barquito en los ríos
y viento en el llano;
y tal vez por eso, porque se olvidaron,
o quizás tan sólo porque no quisieron
conquistar el aire
los gauchos centauros,
de espacios no sabes;
de haberlo tentado,
por dócil, por fuerte, por noble, ¡por criollo!
Caballito pampa… ¡hubieras volado!

Fig. 23

   La tercera de las piedras es similar a un menhir (Fig. 23), y tiene en la parte plana la figura de un cactus, símbolo de protección y también de fortaleza. Otra de las figuras es una mano que emerge de una de las aristas en dirección a una cruz tallada en la piedra, simbolizando que alcanzará la redención a través de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús les dijo a sus discípulos: “Si alguien quisiera seguirme, que se niegue a sí mismo y tome su cruz y me siga. Pues quien pierda su vida por mí, la hallará”. ( Mateo 16:24)
   Prescindiendo de la clasificación botánica del cactus, en el cristianismo “el árbol es también símbolo de la fe cristiana en la Resurrección y en la Redención, que tiene lugar mediante el sacrificio de Cristo en la Cruz”.(10)


Arsenio Caviglia Sinclair 
(Foto A.G.N.)

   Arsenio Caviglia Sinclair nació en Olavarría el 19 de junio de 1896, y se graduó de maestro a los 18 años. Fue maestro en diferentes escuelas del distrito de Olavarría. Su primer cuento titulado Los Tigres los publicó en Mundo Argentino, en 1915. Colaboró, entre otros diarios, con La Razón, Crítica, Noticias Gráficas y El Día de la ciudad de La Plata; también con las revistas Caras y Caretas, Mundo Argentino y Novela Semanal. Fue ganador del primer premio y medalla de oro en los Juegos Florales organizados por la Revista Caras y Caretas, con motivo del cincuentenario de la ciudad de Bolívar, provincia de Buenos Aires. En 1927 ganaría otro concurso literario, esta vez organizado por el diario El Día, de La Plata, con tres cuentos titulados: Volvamos a Casita, El Caballo Moro y Flores de Campo, que juntos fueron publicados en un libro ese mismo año. En 1932, publicaría otro libro de cuentos con el título de Tierra Bruta. Un compilado de sus poesías se publicaron en el libro Poesías Camperas. En su casa de la avenida Colón, ubicada entre las calles Moreno y Rivadavia, se constituyó la primera comisión del Club Estudiantes de Olavarría, siendo elegido secretario del club. Falleció el 22 de marzo de 1947.


Panteón de la Sociedad Española

   Otro panteón que se encuentra en la calle principal del cementerio, el segundo de los tres que tiene la Sociedad Española de Socorros Mutuos, fue inaugurado el 6 de diciembre de 1972, y es una obra diseñada por el arquitecto Héctor Vázquez Brust.
   En el subsuelo se encuentran los restos del escultor José Herrero Sánchez. Había nacido el 3 de abril de 1910, en la ciudad de Salamanca y realizado sus estudios en Madrid, en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando.


José Herrero Sánchez junto a una de sus obras (Dr. Juanena) 
Foto C. Filardo

   En 1950 arribó a nuestro país, y en un principio se radicó en la ciudad de Pigüé, provincia de Buenos Aires, donde tenía parientes. Su primera gran obra la realizó para la ciudad de Puán, en la provincia de Buenos Aires, monumento al Dr. José María Juanena (foto), obra que se inauguró en junio de 1952. Ese mismo año se enteró que la Agrupación Clase 1913, de Olavarría, tenía la idea de realizar un monumento a la madre. Se contactó con la comisión y presentó un proyecto del monumento que fue aceptado.
   El 20 de junio de 1954 se colocaba la piedra fundamental, y el 18 de octubre de 1955 se inauguraba el Monumento a la Madre en la Plaza Coronel Olavarría.
   Se instaló transitoriamente en Olavarría para construir el monumento pero la vida de la ciudad y su gente le gustaron tanto que decidió radicarse. En pocos años adquirió una casa en la calle Vélez Sarsfield 3333, donde instaló su taller.
   Produjo, además de las ya mencionadas, entre otras obras: Monumento a la Madre (1956), en Espigas, partido de Olavarría, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1957), en Colón, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1958), en Rojas, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1962), en Chacabuco, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1966), en General Lamadrid, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1968), en San Francisco de Bellocq, partido de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires; Monumento a la Madre (1976), en Goyena, partido de Pigüé, provincia de Buenos Aires; y el Cristo Resucitado, en Sierras bayas, partido de Olavarría. 
   Fue profesor en Olavarría y en Azul, provincia de Buenos Aires. Falleció en Olavarría el 22 de junio de 1980.

Mausoleo de los Emiliozzi

Parte posterior del Mausoleo de los Emiliozzi


Los Hermanos Emiliozzi

   Ubicado al final de la calle principal se encuentra el mausoleo de los Hermanos Emliozzi, inaugurado el 20 de febrero de 2000, con una placa que dice: "A los Hermanos Emiliozzi, el pueblo de Olavarría".
   Procedentes de Buenos Aires, Dante y Torcuato Emiliozzi, junto con sus padres Torcuato Emiliozzi y su madre Adalgisa Bormioli, se instalaron en Olavarría a finales de 1918. Torcuato tenía seis años y Dante José sólo dos. Un mes antes había llegado Torcuato padre a instancias de Francisco Martinese, quien en sus comienzos se dedicó a la fabricación de carruajes, y después había montado un importante taller de reparacion de automóviles.
   De profesión mecánico, Torcuato padre ingresa al año siguiente como jefe de máquinas de la usina eléctrica, puesto que consigue por haber arreglado los motores afectados por la inundación de 1919, que dejaron sin luz a la ciudad. En 1923 adquirió una casa en la calle Necochea Nº883 (3299), lugar que años después se convertiría en el “santuario tuerca” de los Emiliozzi. Poco a poco los hijos se interesaron y aprendieron el oficio de su padre, que les despertó desde temprano la afición por el deporte automotor.
   El 12 de octubre 1932, Torcuato (hijo) debutó en el automovilismo como copiloto de José Laureano Valerga, en un coche con motor Ford A preparado en el taller de su padre. La prueba, en la categoría de Fuerza Libre, se realizó en la ciudad de Lincoln y llegaron terceros. 
   Fue recién el 24 de mayo de 1936, cuando Torcuato (hijo) debutó como piloto con ese mismo auto en la ciudad de las Flores, y ganó la carrera de punta a punta.
   Dante debutaría como piloto el 24 de octubre de 1940, en la localidad de Urdampilleta, partido de Bolívar, en la categoría Ford T; vencedor de la carrera, fue descalificado por algunos detalles que se apartaban del reglamento. Desde 1936 a 1948, con la excepción del período de abril de 1942 hasta finales de 1947, donde fueron las carreras suspendidas por la contienda mundial, los hermanos participaron como pilotos en las categorías de Fuerza Libre, Fuerza Limitada y Ford T, utilizando coches Ford A, Fiat 519 y Ford T adaptados para las competencias. En total participaron en 33 carreras, obtuvieron 15 triunfos y en otras 6 llegaron en segundo lugar.
   Dejaron de correr ese mismo año, y por “capricho”, según contaría años después Torcuato, reiniciaron la actividad. Preparaban el motor de un auto que conducía Jacobo Falíck, quien vivía en Olavarría, y “un día abandonó, en Entre Ríos, se comentó que la culpa era nuestra porque solo sabíamos preparar Ford T y nada más. Entonces pensábamos que no era cierto, y para demostrarlo preparamos uno para nosotros, y así nació la “Galera” (…) de esta manera entramos al TC, casi por capricho”. (11)
   En 1949, empezaron a trabajar en un motor sin tener el auto, y cuando la Ford Motors Company ni siquiera los fabricaba para sus vehículos, construyeron el motor que revolucionó el TC en los años cincuenta: adaptaron válvulas a la cabeza de un motor Ford 59-A-B, que venía de fábrica con válvulas laterales, y lo montaron sobre una cupé Ford, modelo 1939, que compraron a los hermanos Letoile, de Tandil.
   Comenzaron a correr en 1950, y en un principio se alternaron en el manejo del auto con el compromiso de que así sería hasta que alguno de los dos hiciera los primeros puntos, y fue finalmente Dante quien consiguió los primeros puntos en una carrera que se realizó el 5 y 6 de mayo de 1951, en La Pampa. El 24 de mayo de 1953, obtuvieron el primer puesto en una carrera para No Ganadores, realizada en la localidad de Chacabuco.
   Corrieron 183 carreras, llegaron primeros en 43 y en otras 24 en el segundo lugar. El 31 de marzo de 1963, ganaron en Necochea superando los 200 kilómetros por hora de promedio, un récord para aquellos años.
   Campeones Argentinos en los años 1962, 1963, 1964, 1965 y subcampeones en 1969.
   Torcuato Emiliozzi nació el 30 de mayo de 1912 y falleció el 14 de febrero de 1999. Dante José nació el 10 de enero de 1916 y falleció el 24 de enero de 1989.
   El 19 de octubre de 2013, en el histórico taller de la calle Necochea, se inauguró oficialmente el Museo Municipal Hermanos Emiliozzi.


Tumba de Dámaso Arce

   Alejada de la calle principal del cementerio se encuentra la tumba del artista Dámaso Arce, obra del escultor Leopoldo Bocazzi, y presenta como alegoría principal una escena donde una figura que representa a Dios recibe a toda una familia. Debajo, en un rectángulo y en el interior de tres círculos, la cabeza de Jesús, un cáliz y la cabeza de la Virgen María.

Fig. 24

   En la parte superior del frente de la base, su nombre y apellido en letras que parecen cinceladas; debajo, el escudo de la República Argentina cubierto a la izquierda por un pequeño escudo con la figura de un león rampante, una de las figuras del escudo de España, su tierra natal. Simbolizando que se sentía argentino con corazón español. (Fig. 24)


Dámaso Arce 
Foto A.G.N.

   Dámaso Arce nació en España, el 11 de diciembre de 1874. Se trasladó a la Argentina con su padre en 1887 para radicarse en la localidad de Indio Rico, partido de Tres Arroyos.
   Con la muerte repentina de su padre debió desempeñarse en tareas muy rudas para un joven de 15 años, trabajó de peón rural y en un horno de ladrillos.
   Años más tarde se radicó con sus hermanas en la ciudad de Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, donde se inició en la actividad de platero y joyero en el negocio de la familia Bagardi.
   En 1901 se trasladó a la ciudad de Olavarría, entrando como platero en el taller de Alejandro San Martín. Poco después, fue contratado como oficial platero por la sociedad Luis Broggi y Cía., quedando en poco tiempo al frente del negocio. En 1905 adquirió el establecimiento para desarrollar sus actividades de forma independiente. A partir de entonces comenzó a gestarse su faceta de coleccionista, reunió un gran patrimonio que transformaría luego en un museo con el nombre de Hispano-Americano, despertando así la atención del público e importantes personalidades en el campo de la etnografía, la paleontología y el arte. Adquirió obras de representativos artistas argentinos, entre ellas, varios cuadros de su amigo el pintor Quinquela Martín.
   Continuó desarrollándose como orfebre, creando numerosas obras destinadas para su museo. En 1937 expuso en la galería Witcomb de Buenos Aires "presentando piezas alejadas de los lineamientos tradicionales de la orfebrería rioplatense y de la florida ornamentación de la región pampeana, y optando por diseños que incluyen un abigarrado conjunto de personajes y figuras... ".
“Todos los cinceladores graban sus figuras hundiendo el metal, o ahuecándolo con el cincel. Yo, por el contrario, donde golpeo saco la forma. Es como si ustedes golpearan un clavo para meterlo en la pared y el clavo, en vez de penetrar, se fuera saliendo”, diría Arce en una entrevista para el diario Crítica (1935).
   A través de ellas expresó una concepción casi escultórica de los relieves, siendo un extraordinario exponente de su arte la obra de orfebrería denominado El Jarrón. Al fallecer Arce en 1942, sus familiares hicieron donación de gran parte de sus bienes a la municipalidad de Olavarría. En 1954 se concretó la adquisición del inmueble, que había pertenecido inicialmente al Dr. Ángel Pintos, y posteriormente a la familia Grimaldi, para crear el Museo Municipal que lleva su nombre.





Bóveda de la familia Cajén

   Otra bóveda notable es la de la familia Cajén, que tiene en el frente y en los costados, imágenes realizadas por el escultor Leopoldo Boccazzi. Estas alegorías tienen como destinatario principal a Francisco Cajén, un apreciado militante político de la Unión Cívica Radical. 


Fig. 26                                    Fig. 25

   A la derecha de la puerta de entrada, alegoría de la esperanza, representada por una figura femenina que sostiene un áncora (ancla), símbolo de salvación y de esperanza del primitivo cristianismo. “Tenemos ésta como segura y firme áncora del alma, una esperanza que entra en el santuario interior detrás del velo, dónde Jesús entró como precursor por nosotros…” (Hebreos 6:19) 12 (Fig. 25)
   A la izquierda, alegoría de la vida eterna, representada por una figura femenina que sostiene con su mano izquierda una cruz y con la derecha una antorcha encendida. La cruz significa la crucifixión. La salvación y redención a través de la muerte y la resurrección de Cristo, y la antorcha encendida la vida eterna.(Fig. 26) 


Fig. 27

   En el costado izquierdo de la bóveda, los amigos del difunto, abrazados y acongojados recuerdan palabras de Francisco Cajén, representado de pie, franqueado por la parte inferior de las alegorías de la esperanza y la salvación del frente de la bóveda. A la izquierda, una lámpara votiva (Fig. 27). 


Fig. 28

   En el centro del campo y en primer plano, dos figuras femeninas sostienen el cuerpo del moribundo en actitud de hacer invocaciones, mientras una figura femenina con su mano derecha en alto y uno de sus dedos extendido señala que su lugar será el cielo. A la izquierda, la figura de un ángel con sus alas plegadas haciendo plegarias, y a la derecha, un ángel con las alas plegadas y con flores, en muestra de esperanza y profundo afecto por la persona. (Fig. 29) 
   Corona la construcción, una cruz celta, símbolo en el cristianismo de la unión del Cielo y la Tierra. 




   Una construcción que sorprende al visitante del cementerio es la bóveda que tiene la forma de una pirámide.
  En general, las pirámides simbolizan al hombre en busca de la eternidad y de las energías del universo que se supone son captadas por el ápice e irradiadas a la base; y por la dirección hacia donde apunta, el camino que conduciría al cielo. Pero como vemos se trata de una pirámide truncada, es decir le falta el ápice, y entendemos por la forma que tiene la parte superior y otros detalles de la construcción, que podría simbolizar un ara (altar), el punto donde confluyen las energías del Cielo y la Tierra. 
   Otro detalle visible en la construcción, son las cinco aberturas vidriadas arriba de la puerta de entrada y otras ochos iguales hay en la parte posterior, que tienen todas en su interior, como motivo principal, la figura de un triángulo equilátero. 
   Ya mencionamos anteriormente que en la simbología cristiana,  el triángulo equilátero representa a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que explica el concepto divino del "tres-en-uno". 
   También el triángulo, denominado Delta para los masones, es símbolo de divinidad y de la naturaleza. Simboliza la trinidad en todas sus formas: la sabiduría, la fuerza y la belleza; el nacimiento, la vida y la muerte; el pasado, el presente y el porvenir entre muchas otras cosas. 
   “En su posición normal, con el vértice hacia arriba también simboliza el fuego y el impulso ascendente de todo hacia la unidad superior” y lo masculino. Y precisamente, la parte que le falta a la pirámide tiene la forma de un triángulo, la representada por el ápice. 
   Pero aquí, en las ventanas, al triángulo lo vemos invertido, es decir con el vértice hacia abajo, simbolizando la espiritualidad que desciende y se manifiesta en el mundo terrestre, también es un símbolo del agua y  el esquema geométrico del corazón y de lo femenino. (13)
   La cantidad de aberturas que tienen la pirámide es igual a 13 (5+8), y posiblemente no sea casual, porque el número 13 en la masonería representa la Transformación, en este caso sería el fin de un ciclo y el comienzo de otro. 


Parte posterior Fig. 29

   Por último, hay una figura en el frente de la pirámide y es la de un círculo dividido en cuatro partes iguales por una cruz. Este símbolo, en su forma geométrica, es uno de los más conocidos y comunes a todas las tradiciones, que tiene un gran simbolismo y sobre el cual, por lo complejo, señalaremos de forma sintética sólo algunos. (Fig.29). 
   Para los antiguos, el Centro es el punto de partida de todas las cosas, el origen, es el punto principal, sin formas ni dimensiones, y por lo tanto indivisible. De él, por su irradiación, son producidas todas las cosas.
 La representación más sencilla es el punto en el centro del círculo, el Punto es el emblema del Principio y el círculo es el del Mundo.(14)
   La relación entre el centro y la circunferencia, es el hecho de que la circunferencia no podría existir sin su centro, mientras que éste es independiente de aquella. Tal relación puede señalarse más claramente por medios de radios que salen del centro y terminan en la circunferencia: estos radios pueden figurarse en números variables, en este caso se ha elegido la figura que tiene un valor simbólico particular, y es la cruz en el interior del círculo que lo divide en cuatro partes. La circunferencia, si se la representa como recorrido en determinado sentido, es la imagen de un ciclo de manifestación. Es decir, los diferentes periodos o fases en que se divide un ciclo. Por ejemplo, en la existencia terrestre: las cuatro fases de la luna, los cuatro momentos principales del día, las cuatro estaciones del año, las cuatro edades de la humanidad, etc. Este símbolo expresa también la relación entre el cuaternario y el denario en forma numérica. 
   El cuaternario está representado geométricamente por el cuadrado, si se lo encara en su aspecto “estático”; pero, en su aspecto “dinámico”, como es el caso aquí, lo está por la cruz; ésta, cuando gira en torno de su centro, engendra la circunferencia, que con el centro, representa el denario, el cual es el ciclo numérico completo. A esto se le llama “circulatura del cuadrante”, cuya representación geométrica (utilizando la Tetraktys pitagórica) se expresa aritméticamente por la fórmula 1+2+3+4=10, inversamente, el problema hermético que fue preocupación de los alquimistas y que se llamó: la cuadratura del círculo. (15).
   El círculo simboliza también el cielo y la perfección, así como la eternidad, en tanto es una figura geométrica sin principio ni fin; y el cuadrado, a la tierra. La pirámide truncada y la simbología que contiene, nos dice que la tarea por hacer y la obra no concluyen.


Vista desde el interior 

   En el comienzo comentamos algunos de los cambios producidos por el dogma católico alrededor sentido de la muerte con la llegada del cristianismo. A los ya mencionados, podemos agregar los textos que tratan de disminuir el sufrimiento de sus fieles, y que validan ese dogma, sobre todo en las obras de San Agustín (16), como aquellos que dicen:
Nunca se harían tantas y tan grandes maravillas divinas en beneficios nuestro, si con la muerte del cuerpo se extinguiese el alma.
Es inevitable que estemos tristes cuando al morir, nos dejan los que amamos. Pues, aunque sabemos que no nos dejan para siempre, sino que por algún tiempo nos preceden a quienes hemos de seguirles. 
  Todo cementerio tiene su propia historia y un valioso patrimonio social, cultural y arquitectónico. Patrimonio cultural de bienes tangibles e intangibles que posibilitan, a través de las expresiones funerarias, la formación de la memoria colectiva de la comunidad. 
   Los cementerios son mucho más que un lugar donde enterrar a los muertos, los cementerios son, también, un lugar que nos habla de nuestra historia y nos muestra como somos como individuos y como sociedad; y por tal motivo creemos, que el conjunto de la sociedad debe asumir como algo propio y valioso cuidar ese patrimonio. 


Notas
El Lenguaje de la Inmortalidad. Eulalio Ferrer. Página 64. 
2 Los Orígenes Sagrados de las cosas profundas.Charles Panati. Página 136.
3 Diario El Popular. 
4 Castro Rodríguez


                              Castro Rodríguez   y la primitiva iglesia. 

El cura había nacido en La Coruña, España, en 1844. Allí se ordenó muy joven como sacerdote, y poco después fue enviado por su congregación a Uruguay.
  En el vecino país renunció a la fe católica y adoptó la anglicana, y a los 25 años se afincó en Buenos Aires, donde adhirió a la fe protestante.
  En 1871 conoce en Buenos Aires a Rufina Padín, quien era hija de Estanislao Padin y Dorotea Chicana y había nacido en 1847. De profesión costurera y de religión católica, como declara ser cuando bautiza a su hija María Petrona.
  El 10 de noviembre de 1873, Pedro se casó con Rufina en una Iglesia metodista. En el barrio de la Boca, para poder vivir, puso con la ayuda de su esposa, una escuelita primaria que tuvo una vida efímera.    
   Por un tiempo perteneció a la secta fundada por Castro Boero, y al retirarse de ésta, vivió con Rufina en el pueblo de Ranchos haciendo tareas rurales. En 1875, agobiado por su pésima situación económica, solicitó una entrevista con el cura párroco de Nuestra Señora de La Merced, Mariano Antonio Espinosa, donde le contó de su difícil situación y le solicitó ser nuevamente admitido en la Iglesia católica.
  A pesar de su apostasía, Espinosa decidió darle entonces una nueva oportunidad, le envió a la Casa de Ejercicios Espirituales y terminó rehabilitándolo como sacerdote católico. En 1877 fue enviado como teniente cura a la ciudad de Azul.  
  El estado clerical no fue un impedimento al sacerdote para ser padre. El 24 julio de 1878 nació en Azul1 su hija María Petrona, bautizada en Buenos Aires el 14 de octubre de 1882 como hija natural de Rufina.
 El sacerdote convivía discretamente con Rufina sin despertar sospechas entre los azuleños. La situación se prolongó por un corto tiempo. Para evitar problemas y con la promesa que las visitaría, convenció a su mujer y a su hija de que se trasladaran a Buenos Aires.
  Una vez que se instaló en la recién inaugurada primera iglesia de Olavarría, rápidamente se ganó la estima y el respecto de la gente del pueblo. Participó activamente en entidades y proyectos de bien público, fue uno de los fundadores y el primer presidente de la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Olavarría, administrador del hospital provisorio establecido frente al Colegio Cáneva,  y miembro del Consejo Escolar.
  El 28 de julio de 1888, el sacristán de la parroquia, Ernesto Perín, se presentó en el Departamento de Policía de La Plata solicitando hacer una denuncia.
  La historia comenzó el 5 de junio, a las 17 y 30 horas, cuando el sacristán Ernesto Perín  recibió a Rufina y María Petrona en la estación de trenes de Olavarría con la orden de llevarlas a la casa parroquial. En el recorrido las mujeres le ocultaron su parentesco con Castro y le contaron al sacristán que su plan era radicarse en la ciudad.
  Madre e hija no ocultaron su alegría al ver al cura Castro, y esperaron que se fuera Ernesto Perín, quien fue el encargado de servirles la cena, para comunicarle al cura, entre llantos y abrazos, la decisión de quedarse con él para siempre. El Agente Fiscal Dr. Varela, en la acusación a Castro, de acuerdo a lo declarado por el acusado, diría:  
  Que enseguida de cenar se retiraron al cuarto dormitorio que comunica con el despacho; que habiendo exigido la mujer Padín que a la fuerza quería quedarse allí y que no saldría de la casa aunque él la despidiera, tuvieron un cambio fuerte de palabras por lo que el exponente exasperado y viendo que la situación afligente en que lo ponía esta mujer, a la que había servido siempre de la mejor voluntad, a pesar de haberle probado por varias veces su mala conducta, y considerando en toda forma imposible la permanencia de esta mujer en su casa y encontrándose enteramente exasperado por esta misma causa, resolvió deshacerse de ella. (...) Que antes de ahora no había pensado deshacerse de su mujer porque no le estorbaba; que por el contrario, le escribía con frecuencia y la socorría con dinero y la hacía depositaria de sus economías. Que el suceso ha tenido como causa determinante el altercado de esa noche”2.
  Muy enojado por el pedido de Rufina, Castro decidió salir de la casa, caminó un rato mientras se le ocurría como deshacerse de su mujer, cruzó la calle y se dirigió hacia la Botica del Siglo de Ventura Esteves, que se encontraba sobre la misma calle de la iglesia, entre la calle Belgrano y Dorregoentró a la farmacia, y paseándose un momento por allí, esperó que no lo viese nadie y sustrajo un frasco de atropina, un potente veneno. De vuelta a la casa parroquial, encontró que la mujer estaba todavía enojada, preguntándole si había salido a alguna cita amorosa, y le contesto que no: a lo que he ido es a traer polvos de Tilo para calmar los nervios.
   Enseguida les indicó que se acostaranRufina lo haría en su cama, María Petrona en un sofá, y él se acostaría en la pieza contigua en un colchón en el suelo.
  “Momentos después tomó un pedazo de pan, y sacándole la miga, puso dentro de ésta y bien cubierta, una cantidad de polvos de atropina, diciéndole toma esto que te calmará los nervios y se lo hizo tragar dándole agua por repetidas veces”3.
 Los efectos del veneno no se hicieron esperar, produciéndole a Rufina una gran excitación mezclada de gritos y movimientos violentos. Varias veces quiso sujetarla en la cama, pero viendo que los gritos seguían y alarmado ya por el miedo a ser escuchado, tomó un martillo y dándole dos golpes en la cabeza le dio muerte y la tendió a sus pies.
 Los gritos de su madre despertaron a la niña María Petrona, que al ver  la terrible   escena intentó escapar, pero su padre la sujetó con fuerza entre sus brazos, le abrió la boca en medio de los gritos y llantos de su aterrada hija, y le hizo tragar el veneno directamente del frasco. Luego la oprimió fuertemente contra su pecho por un largo tiempo, hasta que exhaló su último aliento.
En la mañana, dispuesto a buscar la forma de deshacerse de los cadáveres con visos legales, escribió una carta con nombres falsos y se dirigió a la casa del Dr. Guitarte en busca de un certificado de defunción pero no lo encontró en su domicilio. Intentó lo mismo con el Dr. Madrazo, a quien tampoco pudo hallar.
  Resolvió ir a la municipalidad, donde habiéndole leído la carta al empleado Manuel Hartenfels, le contó que en el tren de la noche llegaría un cadáver cuya sepultura se le había encargado. Por último, en la carta, también se le solicitaba que efectuara un responso. Así fue como consiguió un certificado de defunción a nombre de Indalecia Burgos.
  Con el certificado que le hacía falta, se trasladó a la casa del carpintero y, con la misma argucia de la carta, pidió que le hiciera para esa misma noche un cajón, recomendándole que este fuera bastante grande, pues se trataba de poner a una persona muy gruesa y el cadáver estaba descompuesto. El cajón fue dejado por el carpintero en la iglesia cuando él no estaba, y para poder hacerlo el cura le dijo que le dejaba la puerta de la iglesia sin llave.
   El cura regresó de noche a la iglesia, llevó el cajón hasta el altar, y luego se dirigió al dormitorio a buscar los cuerpos. No tuvo fuerza para cargar el cuerpo inerte de Rufina, por lo que fue necesario arrastrarlo, y al hacerlo se dio cuenta que seguía manando  sangre de su cabeza, así que decidió envolver la cabeza con una toalla. Metió el cuerpo en el cajón y regresó al dormitorio por el cuerpo de su hija.
  Aun siendo el féretro más grande, los cuerpos no cabían fácil en el espacio disponible, y al tener que cerrar la tapa lo hizo con tanta fuerza que sin que lo advirtiera, porque se alumbraba con la luz de una vela,  gotas de sangre quedaron en el cajón y en el suelo.
  En la mañana solicitó un servicio fúnebre utilizando la misma historia del cuerpo que recibiría enviado por tren. Al retirar los empleados de la cochería el ataúd, notaron las manchas de sangre que se desprendían del cajón, dato que declararían tiempo después.
   El cortejo partió hacia el cementerio, un carruaje llevaba el cajón y en otro iba el cura.  Castro presenció la escena a distancia y se retiró una vez echada la última palada de tierra.
 Al regresar a la casa parroquial, procedió a lavar lo mejor que pudo las manchas de sangre que habían quedado en el piso. Lavó también la toalla que había servido para cubrir la cabeza de Rufina y echó a la letrina los trapos y papeles que había utilizado para limpiar las manchas de sangre. A la mañana siguiente se presentó en la iglesia su ayudante, el sacristán Perín. Las manchas que éste vio en el piso de la iglesia, la desaparición de esas dos mujeres a las que había recogido en la estación y servido la cena, y el misterioso entierro le despertaron sospechas. Es entonces cuando decidió interpelar al cura por lo que había visto. Éste le respondió de forma violenta y con evasivas, provocando que Perín renunciara a su servicio a pesar de que Castro trató de disuadirlo por su aptitud.
  El comisario Costa le creyó al sacristán, y después de realizar algunas averiguaciones entre los conocidos y parientes de las víctimas sobre su paradero, tomó la decisión de viajar inmediatamente a Olavarría acompañado del Dr. Aravena y el Comisario Massot.
  En el trayecto decidió entonces telegrafiar a la comisaria de Olavarría, para que detuvieran al sacerdote. La orden se cumplió de inmediato, y el cura fue trasladado a la comisaría local.
  Al llegar a Olavarría el Jefe de Policía se dirigió a la comisaría y comenzó con el interrogatorio. Le pidió al cura que le explicara la desaparición de Rufina en su propia casa. El cura contestó que había muerto de una enfermedad crónica del corazón que padecía, habiéndole dado un ataque en la noche de su llegada. ¿Y su hija Petrona?- agregó Costa. También murió de la misma enfermedadcontestó sencillamente el cura.  
  Por más esfuerzo que puso Costa en el interrogatorio para que el cura confesara los crímenes, éste negó los hechos de los que se le acusaban. A las tres de la tarde se procedió a la exhumación de los cadáveres, en el cementerio se encontraban el Juez de Paz Dávila y los doctores Aravena, Madrazo, y Ángel Pintos, médico local. El Jefe de Policía presenciaba desde cierta distancia, teniendo a su lado al cura Castro. El desentierro, haciéndose con cuidado para sacar los restos en el mejor estado posible, duró un tiempo considerable. Mientras se realizaba la exhumación, el Jefe de Policía, con los datos que tenía, presionaba al cura una y otra vez con preguntas. En el momento en el  que levantaban el ataúd le dijo al cura con acento enérgico: ¡Si Ud. se obstina en negarme el hecho, me pondrá Ud. en el caso de llevarlo a presenciar el horrible espectáculo de la exhumación de los cadáveres corrompidos de sus víctimas!4
  La amenaza debió surtir efecto en la conciencia del cura Castro pues contestó conmovido: –¡Le pido me exima de ver el espectáculo, pues estoy pronto a declarar toda la verdad!5.
  Aún después de confesar su crimen al Jefe de Policía, se resist a entregar el martillo que usó para ultimar a su mujer. Contestaba con evasivas o no contestaba a las preguntas que se le hacían sobre el sitio en que ocultaba la herramienta. En un momento, el Jefe de Policía observó que al cura le preocupaba muy especialmente un rollo de cartas que le habían secuestrado, y se le ocurrió ofrecerle inutilizarlas en cambio de su declaración del paradero del martillo. -Bueno, señor- contestó el cura -traiga las cartas, quemémoslas aquí, y mande por el martillo que está depositado bajo el busto de San José que se destaca en el Altar Mayor de la iglesia-. En efecto, ahí estaba el martillo, y en seguida se quemaron las cartas una a una por mano del mismo cura sirviéndose de la llama de una vela.
  Esas cartas eran cartas de amor que comprometían al cura Castro con una señora casada de la campaña. Mientras tanto, el frasco que contenía el veneno fue encontrado por José Grigera, en el terreno contiguo a la iglesia.
  En la sucursal del Banco de la Provincia en Azul, el cura tenía un depósito de 24.000 pesos, que según declaró, provenía de un giro que recibió el 30 de mayo de Buenos Aires, enviado por su señora Rufina Padín, quien lo tenía por orden del declarante en depósito; y además que proveyó siempre a la subsistencia de Rufina y a la educación de su hija María Petrona con una suma mensual de ciento diez pesos. 
  En el período de casi dos meses que estuvo en libertad después de los asesinatos, el cura Castro Rodríguez siguió celebrando misas y casamientos, bautizaba, confesaba a los feligreses y daba absoluciones. Vecinos contarían que vieron un cambio de ánimo en el cura, incluso algunos que lo vieron llorar, y cuando le preguntaban por qué estaba triste les decía que había fallecido su madre en su España natal justo cuando pensaba visitarla.
 A las cuatro de la tarde del 30 de julio de 1888, salió de la estación de trenes de Olavarría el Jefe de Policía, el Comisario Inspector Massot y el Dr. Aravena llevando al cura a La Plata.
  Antes de subirlo en el tren hacia La Plata, el Jefe de Policía le hizo quitar a Castro Rodríguez el hábito eclesiástico y lo obligó a vestirse con ropa sacado de un baúl.
  En la estación, el cura fue objeto de manifestaciones de indignación que se fueron repitiendo en la estaciones de tránsito hacia La Plata.
  Vestía, para la tarea de sustraerlo de las miradas, un sobretodo de color café oscuro, un sombrero chambergo cuyas alas gachas se dividían y un poncho echado al cuello.
  En Azul no bastaron las fuerzas de la policía para contener la concurrencia que ocupaba la estación, ansiosa de abalanzarse sobre el criminal. En su impotencia pedía la gente a grandes voces: ¡que lo ahorquen, que le quemen, que le fusilen!
  El caso del cura asesino tuvo una gran repercusión en el pueblo de Olavarría y también a nivel nacional. Esto hizo que un ministro anglicano, el reverendo Thompson, se presentara a la policía aportando algunos detalles sobre la vida anterior de Castro Rodríguez. Declaró que en 1870 se encontraba en un hotel de Montevideo, cuando se presentó un sacerdote católico manifestándole que deseaba ingresar a la Iglesia anglicana. Le aceptó la propuesta y lo invitó entonces a viajar a Buenos Aires con él.    Allí lo alojó junto a un canónigo español, de apellido Real, que también había dejado el catolicismo poco tiempo antes y estaba tomando remedios porque se encontraba  enfermo. A los pocos días de tener de compañero a Castro, Real le avisó a Thompson que se sentía mal y que había notado un sabor extraño en su bebida. 
  Convencido Thompson que algo raro pasaba, envió entonces a analizar el contenido de la botella al boticario Pedro Murray, y analizado el líquido éste determinó que tenía una porción de un potente veneno. Ante esta revelación hizo la denuncia policial, pero el comisario se rehusó a intervenir. La decisión de Thompson fue la de expulsar a Castro Rodríguez, y no tuvo más noticias de él hasta la difusión del caso de Olavarría.
  El crimen del cura Castro Rodríguez también mereció la atención de los más destacados criminalistas de la época, los doctores Luis María Drago y Francisco Ramos Mejía, quienes lo visitaron en la prisión. Este último produjo, a pedido del Juez de la causa, un informe antropológico del acusado. La lectura de los informes nos permite descubrir la mentalidad de la época, influenciada por la doctrina positivista del crimen de Cesáreo Lombroso. En el informe lo describe de nariz larga y ligeramente encorvada, arcos superciliares extremadamente salientes, deprimida la frente, la apófisis zigomáticas bastantes pronunciadas, las orejas, simétricamente implantadas, carnosas y separadas de la cabeza. 
  Castro Rodríguez fue condenado a prisión perpetua, la que cumplió en la cárcel de Sierra Chica. Estaba alojado en la celda Nº 13, casualmente el mismo número que indicaba la sepultura donde fueron enterradas, en el cementerio de Olavarría, su esposa y su hija.      
  Pasaba la mayor parte del tiempo en su celda, tejiendo en seda o en hilo o leyendo. 
El resto de los internos lo respetaba mucho por los consejos que les daba para intentar alejarlos del mal camino. Llevaba preso unos pocos años, cuando Castro Rodríguez y su compañero de celda intentaron fugarse de la prisión. Alberto Ghiraldo, de quien nos ocuparemos más adelante, nos cuenta en una de sus crónicas de Historia de un viaje al presidio de Sierra Chica, los hechos de esta manera: “Dicho compañero de celda era un presidiario en cuya mente habían penetrado las sombras. Una locura melancólica había hecho presa de este desgraciado y cuya manía más persistente la constituía una negación continua a tomar alimentos de ninguna clase. Al fin el caso llegó a un estado desesperante: la anorexia se apoderó de su cuerpo, temiéndose, por último, una muerte ocasionada por inanición.
  Entonces, el fraile asesino tomó a aquel desdichado bajo su protección. ¡Fue un solicito amigo, le habló quién sabe de qué, tal vez de Dios! Y con empeño de curador físico y moral obtuvo una transformación en aquel trastornado(…). Desde ese instante el ex-maniático fue su compañero de celda. El cura Castro Rodríguez no había perdido su tiempo, desde ese día también el regenerado fue su cómplice” 6.
  Y una noche, un celador percib voces y ruidos en la celda número 13, y al mirar por la mirilla de observación los descubr sobre un andamio improvisado con las tarimas de las camas; a Castro, valiéndose de un pequeño instrumento fabricado con una cuchara, mientras que su compañero recibía en un lienzo la mezcla que caía del techo de la celda, toda la escena iluminada con una linterna de vidrio improvisada con un frasco lleno de aceite de un calentador portátil. Dos meses hacía que habían iniciado la tarea de practicar un agujero de medio metro de diámetro en el techo de la celda, por donde pensaban fugarse. Habían conseguido horadar dos centímetros, le faltaban ocho para terminarlo.   
 Después de los crímenes, la iglesia sería cerrada. El cura Bertolini, que reemplazó a Castro Rodríguez, diría de la iglesia: salón execrado (refiriéndose a la pérdida del carácter sagrado del lugar). Años después, el edificio de la capilla fue habilitado para comercios, y en el lugar hubo un café-bar, y una concesionaria de automóviles, entre otros


1  En el expediente dice que nació en Azul, en el acta de bautismo de su hija, Rufina declara que María Petrona nació en Buenos Aires.
2 Periódico El Cronista de septiembre de 1888.
3 Periódico El Cronista de septiembre de 1888.
Diario El Mosquito  del 5 de agosto de 1888.
5 Diario El Mosquito del 5 de agosto de 1888.
Diario La Protesta de febrero de 1906.

El Simbolismo Cristiano, John Baldock. Página 112
6 El Simbolismo Cristiano, John Baldock. Página 129.
7 Nombre que los católicos  le da a la Virgen María, también Theotokos , la madre de Dios.
Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, René Guénon. Página 321
Diccionario de Símbolos, Juan Eduardo Cilot. Página 164
10 El Simbolismo Cristiano, John Baldock. Página 45 
11 Los Emiliozzi. De la Historia a la Leyenda. Irma Emiliozzi. Página 54. 
12 El Simbolismo Cristiano, John Baldock. Página 113
13 René Guenón Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Página 485
14 René Guenón Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Página 117
15 René Guenón Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Página 163
16 El Lenguaje de la Inmortalidad. Eulalio Ferrer. Página 64. 



BIBLIOGRAFIA

Actas de la Corporación Municipal
Anuario del diario La Democracia, del año 1929
Anuarios del diario La Democracia de Olavarría,  1941 y 1943.
Anuario del diario El Popular de 1935.
Anuario del diario El Popular de Olavarría, del año 1929
Album de Olavarría. 1867- 25 de Noviembre -1947
Baldock, John. El Simbolismo Cristiano.
Caviglia Sinclair, Arsenio.  Poesías Camperas
Caviglia Sinclair, Arsenio.  Tierra Bruta
Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de Símbolos
Diario El Popular
Diario La Democracia.
Diario Tribuna
Digesto Municipal. 1891-1911  Municipalidad de Olavarría
Emiliozzi, Irma. Los Emiliozzi. De la Historia a la Leyenda.
Ferrer, Eulalio. El Lenguaje de la Inmortalidad
Filardo, Claudio. Leopoldo Boccazzi- Vida y Obra
Filardo, Claudio, José Herrero Sánchez 
Guenón, René. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada
Jordán, José. Pequeñeces. Centenario de la Vida Comunal. 1879-26 de mayo-1929
Jung, Carl G. El Hombre y sus Símbolos.
Minor Walther, Sin Galera.
Panati Charles. Los Orígenes Sagrados  de las Cosas Profundas.
Schwarz-Winklhofer y H. Biedermann- El libro de los Signos y Símbolos. 




Un agradecimiento especial para el periodista Néstor Saavedra, por el aporte de algunas de las fotos que ilustran la nota, y a  la traductora pública Ana Laura Benigni, por colaborar en las traducciones.